Fe de erratas

Cuando lo escribí sentí un pequeño escalofrío. Igual, fue 1 segundo y al instante siguiente (no se pretenda saber cuándo), ya lo había olvidado.

Montoneros, ERP. Qué problema. “no son de ellos, son nuestros” fue el grito sostenido que escuché hasta con ecos de distintas voces y letras, desde el finde a hoy.

Mi viejo está parado al lado de la radio de la cocina hace tiempo. La cabeza inclinada hace sombra sobre su blazer azul y le da un toque de parsimonia a su persistente dar vueltas a la perilla gigante del armatoste radiofónico. Primero hacia la izquierda, después hacia la derecha, ahí se queda unos segundos escuchando. “No” dice por lo bajo, sacude un poco el cuello, vuelve a girar la perilla y al final la sonrisa invade por fín su cara siempre seria y firme: Radio Havana suena en mi casa de sábado a la tarde y mi viejo se queda parado al lado, lejos de su tablero de dibujo, atento a las palabras, mientras pinta controles miniaturas y misiles exocet para llenar sus modelos de aviones franceses. Hacía de esos cuando yo tenía 9 años. Eran los 90. Una época terrible. Afuera el mundo se derrumbaba sin derrumbarse. El Capital crecía y crecía. Y el Trabajo también. Y los dos, le pertenecían a un puñado de tipos y tipas que reían, pero no como mi viejo, reían con risa de odio triunfante, de odio innombrable que nos robó 30.000 de los mejores. En los 90 la casa de mis viejos la copaba, entre otros, Serrat, que cantaba que “sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte” y mi viejo se llevaba esas palabras de aliento y las colgaba en su oficina en letras gigantes, para resistir. Resistir al afuera. Y al adentro. Porque en ese adentro la dictadura había dejado un hueco, un vacío de gravedad arremolinada y turbulenta, de gritos eternos y llantos incontenibles, constantes. Y el nombre de Oscar. Esas 5 letras terribles que desencadenaban furia y desesperación incontrolable en las discusiones de la mesa navideña de la casa gigante de Quilmes, donde mi abuelo siempre terminaba gritando algo en contra de “esos anarquistas sucios que arruinaron mi país” y mi abuela lloraba en la cocina cantando entre sombras “Polo río abaixo vai unha troita de pé, corre que te corre, quen a puidera coller, quen a puidera coller, quen a puidera pillar, polo río abaixo vai unha troita de pé”, como en susurros, como queriendo guardarse algo de su España querida y de José, el padre anarquista de Francisco (su esposo, mi abuelo), que tanto había hecho para que se venga a Argentina con su hijo, en un último intento de que una parte de él siga luchando contra el Capital, en otro lugar.

Me fui. Claro, cómo no irse si en este universo nuestro vemos que todo es la misma cosa, desplegada, llegando a lugares insospechados.

“Montoneros traicionó, el ERP traicionó, eran todos una manga de irresponsables, traidores! traidores!traidores!” grita mi viejo. “Si hubieran tenido un plan, uno solo… un sólo plan… tenían que conseguir más armas! mirá cómo hizo Fidel! convenció a todos, a todos! y ganó! y Cuba es socialista! En medio de toda esta mierda, Cuba es socialista! a nosotros nos traicionaron! nos traicionaron!” El verde se hace fortísimo en sus ojos y le da peso de VERDAD a sus palabras desesperadas, a su juicio enceguecido, a su furia de saberse derrotado. Esa verdad se hace única en mi vida. Incuestionable.

El tiempo, pasa.

Montoneros, ERP.

La militancia de los setenta se lee, reivindicada, en el bondi, mediante la poesía de Juan Gelman que introduce un librito nuevo (uno de sus tantos libritos nuevos, esos que devora todo el tiempo con ansiedad y pasión inigualables):

cada compañero tenía un pedazo de sol/
en el alma/el corazón/ la memoria/
cada compañero tenía un pedazo de sol/
y de eso estoy hablando

no estoy hablando de los errores que
nos llevaron a la derrota/por ahora/no
estoy hablando de la soberbia/la ceguera/el delirio militarista de la conducción/
estoy diciendo que cada compañero tenía un pedazo de sol

que iluminaba la cara/
le daba calor en el pavor nocturno/
lo abellaba alegrándole los ojos/
lo hacía volar/volar/volar/
¿se apagaron esos pedazos de sol ahora?/ ahora que los compañeros murieron/¿se
apagaron sus pedazos de sol?/¿no siguen alumbrándoles
alma/memoria/corazón/calentándoles
el calcañar los huesos disparados de sombra?

solcito que se apagaba así/
todavía alumbrás esta noche/
en que estamos mirando la noche
hacia el lado por donde sale el sol

La poesía termina. Sigue él. “Pero… pensá bien… los K son la expresión más conservadora, de derecha, del peronismo, ellos no militaban en Montoneros ni en el ERP, no podés igualar todo, no es lo mismo todo”. Su voz es clara. Lo que dice, también. Invita a pensar, a repensar.

Es cierto. No son de ellos. No son de los K.

Son nuestros.

Cuesta decirlo, porque entonces una sabe que el peligro está más cerca de lo que se cree. Si ellos son nuestros y perdieron, entonces nosotros, también podemos perder. Las chances al menos son más claras, más nítidas: podés tener una lectura correcta de cómo funciona el Capital, el orden social que él construye y hasta podés llegar a identificar cuál es el sujeto histórico de la revolución. Podés conseguir armas, dejar todo, ofrecer tu vida por el futuro socialista de la humanidad. Y sin embargo, tener una estrategia equivocada. Y perder.

Pucha, es dificil. Más, cuando hay tanto sentir que se confunde en las palabras.

Por eso la necesidad de esta Fe de erratas:

para aprender un poco de ella,

dejar claras las cosas,

sobreponerse a lo que se escuchó y se sintió desde siempre,

y de una vez por todas

prepararse para vencer.

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