Derrotas

“- 100 muertos. Terrible.

– Puso una bomba?

– No! apuntó a uno por uno… los fusiló”

– Ah… pensé que por ahí había puesto una bomba.”

El rostro blanco pálido de Anders Behring Breivik aparece desde el viernes pasado en las tapas de todos los diarios del mundo. Los asesinados por su mano eran militantes del Partido Laborista que estaban en un campamento juvenil de una isla de Noruega. El Partido Laborista Noruego, lejos de ser un partido de los trabajadores, es parte de los tantos partidos pro patronales que construye la burguesía en el mundo para dirigir el Estado en favor de los caprichos de los capitalistas. Podría seguir así, con datos y más datos y más datos. Pero mejor no.

El diálogo de arriba existió ayer domingo, por la tarde o a la noche, no importa. Pasó, como pasan tantas cosas todos los días, todo el tiempo. La prensa internacional dice hoy que 150.000 personas se juntaron hoy en Oslo para despedir los cuerpos de las jóvenes víctimas y que el asesino hizo lo que hizo “para salvar a Europa del Islam”.

150.000 personas, reunidas, en un sólo día.

Acá se podría discutir sobre el espontaneísmo por un lado, y la organización, por el otro. Pero mejor no.

El capitalismo sacude sus manos de ahogado y grita y patalea, a veces pega zarpazos bestiales que destrozan cientos de miles de molecularidades, las disgrega, las hace átomos solos, sueltos y libres en el aire… cuando ya está al borde de la muerte escupe partidos fascistas que hagan el trabajo rápidamente y destruyan cualquier tipo de organización que se reclame del pueblo pobre y obrero (aunque no lo sea).

Los jóvenes asesinados suman 93 personas. 150.000 parece superar, casi hasta exponencialmente, la cantidad de personas relacionadas con ellos por lazos familiares y de relaciones sociales cercanas (salvo que cada uno haya conocido muy cercanamente a alrededor de 1600 personas en sus cortas, cortísimas vidas). La última gran marcha dentro de esta nueva crisis capitalista con epicentro en Europa fue en Inglaterra y reunió a 500.000 manifestantes, cifra que coincide con la cantidad de puestos de trabajo que el Primer Ministro británico David Cameron, anunció recortar ni bien hubo terminado de rescatar a los bancos. Ni uno más fue a la marcha. Ni-uno.

La diferencia entre el domingo y hoy (además del nombre de los días y un par de detalles más) es que empieza a aparecer algo que hasta ahora no venía tomando en cuenta cuando pensaba en la crisis capitalista y en lo que vaya a pasar de acá al corto, mediano plazo: el sentir de las masas, su sensibilidad hacia “el otro”, hacia lo que ven afuera de ellas mismas.  Evidentemente, una, que se siente profundamente cerca de una clase social específica, definida, existente material y conceptualmente, puede perderse una parte fundamental de su “acercamiento” a esa clase social, esa parte que la une indisolublemente al destino de la humanidad. Y entonces después, como el elemento de “sensoriedad” se fue anulando en cierta forma, se fue tapando quizá con libros y definiciones y conceptos abstractos y cuentas de trabajo empleado y trabajo robado, etc, cuando ve morir a jóvenes que estaban en un campamento, no ve realmente. No hay definiciones que lleguen porque no hay “clase obrera” en el campamento, ni “pobres” ni “pueblo”. Y pareciera que el sentir del “otro”, ese que a los 150.000 de Noruega les llegó tan hondo y con tanto dolor, no importara en verdad. Después, cuando ve las fotos y lee las cifras y hace las cuentas, aparece la sensación, el dolor que llega de lejos y se mete en los ojos y en la respiración y se da cuenta que sí, que son 100 muertos. Y que es Terrible.

Pero este fenómeno tiene, como todo, su reverso. Y eso es porque existe evidentemente una separación atroz entre el sentir y el pensar, que hace que los militantes de izquierda no puedan hacer ver, que no les llegue a los demás, que no puedan transmitir el profundo dolor y desazón que sienten, que sentimos, por las miles de vidas humanas que el pueblo pobre y obrero pierde todos los días, segundos, instantes. La capacidad de movilización que logra el sentir (y que hoy demuestra su fuerza en Oslo) no la tiene hoy ningún partido de izquierda en ninguna parte del mundo. Sí la tenían antes, y se pueden ver videos de marchas y de congresos y de canciones en donde la militancia de izquierda muestra su sentir apasionado y bellísimo por su lucha entregada al futuro de la sociedad sin clases. Ese sentir no existe hoy, porque nos fue arrebatado mediante traiciones sin nombre y derrotas insalvables, bestiales. Va resultando evidente a esta altura que va a ser necesario, al menos para algunos, deshacernos de esta aparente anestesia con la que cargamos, recuperar al menos una parte de ese ser de izquierda, que pueda llegar a las decenas de miles de personas en el mundo que hoy sienten las muertes de esos jóvenes como propias, para que sientan también, para que les lleguen como nos llegan a nosotros, los asesinatos cotidianos y ocultos que sufre en esta época histórica, bajo este sistema decadente y cruel, la mayoría de la humanidad. No va a estar facil. Y no tenemos mucho tiempo. Pero con intentar no perdemos nada. Menos, cuando ya no hay nada que perder.

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