Coloreando

Marx es innegablemente Rojo. Como la sangre de los revolucionarios de la historia de la humanidad. El Rojo es el que tiñe de rojo los músculos (como el corazón). El Rojo interpela, sacude, provoca. Incomoda. Una no puede mirar todo el día una pantalla roja, los ojos se cansan, la pupila se queda sin energía y dice basta, no trabajo más. El Rojo nos recuerda el dolor y la muerte. Pero también lo que nos mantiene vivos, lo que nos impulsa (salvo que seamos vampiros. Momento… no existen. Ah).

Los teóricos y políticos de la academia (algunos más de izquierda, otros más de derecha, otros un poco -sólo uno y sólo de a ratos- de centro) son… Blancos. “Aceptan” todos los colores. No le hacen asco a nada. No les importa, siempre y cuando no los obliguen a ponerse un color en particular. No quieren elegir. Son indeterminados. Indiscernibles. Como las entidades cuánticas. Con su Blanco intentan devorar a los otros colores. Los miran de reojo, se les acercan un poquito, los huelen, les tiran unas salpicaditas de su (no-)color, a ver si pueden digerirlos y hacerlos parte suya. Con el Rojo se les complica. Pero a veces agarran a algún que otro Rojo desprevenido y se lo engullen, como hace una diatomea con los lípidos en una placa de petri. O en los lagos del sur. El Rojo entonces intenta guardar un poco de sí, pero inevitablemente se va destiñendo hasta que ya casi ni se nota que en algún momento fue Rojo. Eso pasa con varios intelectuales que un día estaban en tal y tal lucha, militando por la liberación de la humanidad… y al otro día ya no. El peligro está. Siempre. Para todos, claro. Latente. Mientras exista el Blanco el Rojo nunca estará tranquilo.

Los políticos pro patronales, los teóricos de la burguesía, son Azules. (Y, sí. Es así en todos lados, este post no quiere ser original, sólo jugar un poco). El Azul es un color fuerte,pero puede pasar inadvertido a veces porque es oscuro (salvo que sea Azul Francia) y quizá uno lo tiene al lado y ni cuenta se da. Igual es fácil distinguir ese color porque en seguida empieza con “bueeeno, pero no se puede ser tan Rooojooo, yo entiendo eh… cuando era como vos, también me gustaba el Rojo, tenía cuadritos de tal y tal Rojo y leía a tal y tal Rojo, pero después uno se hace grande y el Rojo pesa en los hombros, te cansa, te molesta, entendés?”. Y ahí te das cuenta que son re Azules, destilan Azul hasta por las orejas, les encanta ser Azules. Y si hay Rojos muertos, aunque sean jóvenes y hermosos como Mariano Ferreyra, ellos siguen diciendo que el Azul es el único color posible y que qué lástima que se les escaparon esas vetas de Azul sobre el cuerpo de Mariano (o de Fuentealba o de los hermanos Qom o, o, o…), pero que bueno… que la vida es complicada. Y bien Azul, claro. Como la lana del pulóver que le lastima las pestañas y le envuelve la boca mojada al personaje del cuento de Cortázar, ese que luego cae doce pisos.

Después está el Verde, que es tranquilo, apacible. Como la esperanza. (Bueno, bueno, ya charlamos esto de que la cosa acá no es hacerse la original). Hace acordar a los árboles y al pasto de un día soleado (o nublado y de mucha y torrencial lluvia que enciende el Verde y lo esparce sobre el aire y todos los poros del cuerpo). El Verde tienta. Seduce. Como una pieza de Jazz. Como la “r” en la lengua de Cortazar. En su lengua y su voz y su acento, únicos. (Sí, estoy pensando en Cortazar desde hace 2 minutos). (O más). El Verde es lugar abierto, fresco. Por eso cree que las cosas están bien así. Que pueden limpiarse un poco, oxigenarse un toque y listo. Para qué hacer taaannto problema. El Verde no quiere problemas, quiere libertad. Y música y baile y abrazos y miradas agradables y nada de nada de nada de problemas. Y si hay problemas, los pintamos un poquito de Verde, hacemos casitas Verdes en un lugar Verde, leemos libritos Verdes, comemos cositas Verdes y ya, qué tanto. Es obvio igual qué pasa cuando al Verde se lo encuentra el Blanco. O el Azul. Chan. A veces, en general, casi siempre, lo dejan ser, le permiten su ser-Verde. Porque tampoco es que molesta mucho. Al contrario, a veces hasta les sirve. Más incluso, cuando su verdosidad, sinquererqueriendo, le hace la contra al Rojo.

El Negro no quiere nada. Ni al Blanco ni al Azul ni al Verde ni al Rojo ni a nada. Los rechaza a todos. No quiere verlos pero ni en figuritas. Se esconde de ellos, los evita, si los ve venir se cruza de cuadra, camina para atrás, para el costado, para cualquier lado con tal de ni verlos. El Negro no quiere este Estado ni otro Estado. Quiere un no-Estado. Y lo quiere YA. Ahora. Como sea. Como el “como sea” de los nenes que quieren el jueguito nuevo para la play YAYAYA. Ya! Y si no lo consulta con nadie, mejor. Va, se lleva el jueguito por su cuenta y listo, deseo satisfecho. Nada de organizar un plan para recuperar todos los jueguitos del mundo para todos los nenes del mundo, no eso no tiene sentido para el Negro porque además debería hacer alguna alianza con el Rojo y al Negro no le gustan las alianzas, le dan asquito.

Los colores son así, no se tocan entre sí, se evaden. Cada uno a su manera y a su tiempo, intenta ser él el único.

A mí, la verdad, no me gusta el Rojo (menos el Verde, ni el Azul ni el Blanco ni el Negro). Me gustan los colores que no están definidos aún, esos que se ven cuando el cerebro tiene altas concentraciones de alguna sustancia poco común en sus tejidos. O esos que no se ven nunca, que se desean ver y los ojos dicen no!, no todavía! y entonces a una se le llena la sangre de un Rojo fuerte, furioso, imparable, que quiere devorar toda la luz del universo y polarizarla hasta que ya no haya manera de no estar de un lado o del otro del espectro luminoso, hasta que el Blanco y el Negro dejen de negar los colores y se decidan de una vez, hasta el Azul y el Verde rompan con sus tonos y variaciones de color o se enfrenten abiertamente con el Rojo y haya lucha abierta y real y final y se termine esta continuidad de colores tan iguales a sí mismos.

El Rojo, me contaron, me enteré por lo bajo, se anda diciendo en comedores fabriles y en bares de facultades y en aulas y en piquetes del sur y en call centers y en líneas de producción de textiles, metalúrgicas, automotrices, se viene rumoreando en Plazas lejanas, en calles tumultuosas de marchas y protestas y actos políticos de países lejanos y de países vecinos y de por acá también… parece que es el que quiere superar el color de hoy, y también, superarse a sí mismo. Dicen, parece ser, que el Rojo es el que puede darnos a todos, colores nuevos y hermosos que ya no serán colores entonces, que serán otra cosa. Una cosa increíble y bellísima. Qué Roja se me pone la sangre y el alma por ver ese día!

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